Hace poco decidí comprar un disco que no está disponible en este país y que por lo tanto debía importarse. Me situé ante mi ordenador (máquina 1) y conecté, via internet, con otro ordenador (máquina 2) para que me gestionara la compra.
La máquina 2 me indicó que para seguir con el proceso debía “registrarme” y me derivó a otro ordenador (máquina 3) que se encargaría de ese trámite. Concluído el trámite, la máquina 3 me devolvió a la máquina 2, la cual, llegado el momento, me indicó que debía hacer el pago. Tal cosa supuso una derivación a la máquina 4 -que comprobó que mi tarjeta de crédito era de fiar-, la máquina 5 -que gestionó el cargo a mi tarjeta- y la máquina 6 -que notificó al banco que se efectuaría un cargo sobre mi tarjeta-.
Cuando las máquinas 4, 5 y 6 concluyeron su cometido, la máquina 1 (mi ordenador) fue reconectada a la máquina 2 (la que gestionaba la compra), y la máquina 2 me preguntó cómo deseaba recoger el disco cuando, por fin, éste apareciera en alguna parte. Enterada de que opté por recogerlo en una determinada tienda -básicamente con la esperanza de vivir en directo la experiencia de que un humano (ser vivo basado en el carbono) interviniera en el proceso por el simple hecho de entregarme el disco personalmente- la máquina 2 conectó con la máquina 7 (que debía encargarse de buscar el disco en algun lugar del mundo) y la máquina 8 (la que avisa a la tienda receptora de que uno de estos días le aparecerá un disco que es mío porque lo he pagado).
Finalizada la misión con las máquinas 7 y 8, la máquina 2 me dijo que estaba encantada de haberme conocido y conectó con la máquina 9 (el ordenador central de Google) a través de la cual me envió un correo electrónico confirmándome que, efectivamente, parecía que yo había comprado un disco.
Cuando conecté la máquina 1 (mi ordenador) con la máquina 9 (el ordenador central de Google), descubrí que en algún momento de todo este viaje la máquina 3 (ya saben, la que me “registró”) también había conectado con la máquina 9 para anunciarme, via correo electrónico, su desbordante felicidad por el hecho de que yo “¡ya era un miembro registrado!”. Lamenté profundamente no poder comunicarle a la máquina 3 que el hecho de “¡ya ser un miembro registrado!” no sólo no me dejaba indiferente sinó que más bien me parecía un tanto ofensivo, puesto que yo soy, cuando menos, un conjunto de miembros y no un miembro único; por cierto, que me quedé con las ganas de saber cual de mis miembros había quedado registrado: ¿un brazo? ¿una pierna? ¿lo que cuelga?... Pero me resultó imposible ya que en el correo electrónico se especificaba claramente que el mensaje había sido generado de manera mecánica y no admitía preguntas ni respuestas innecesarias, es decir, que detrás (o delante) de la máquina 3 no había ningún ser vivo basado en el carbono que estuviera capacitado para leer.
¡Ah! se me olvidaba mencionar la imprescindible colaboración de la máquina 10, la que me gestiona la conexión ADSL a internet, sin la cual nada de esto hubiera sido posible.
Y todo, en resumidas cuentas, para comprar un disco (un pack de 4 CD's, de hecho) que vale 31,95 euros + “1 euro de gastos de envío”. Han sido necesarias un mínimo de 10 máquinas enormes identificadas y un número indeterminado de otras máquinas auxiliares de las primeras. ¿Somos realmente conscientes de que tipo de vida estamos viviendo?



Dos temas profundos: soledad y paro. El sector de servicios ya no es lo que era. En cuanto al primer tema, si la escritura es la voz del ausente, al menos estas máquinas son eficaces para para enviar la información. Ergo, ¿en qué extremo de BCN quedamos para tomar algo?
ResponderSuprimirUn abrazo.